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CULTURA

27 de diciembre de 2023

"Durante mi exilio en México, María Seoane descubrió su vocación como periodista"

La escritora y periodista nos dejó a los 75 años. Tras su exilio durante la última dictadura militar, al volver a Argentina dedicó gran parte de su carrera a poner de relieve las atrocidades del terrorismo de Estado. Recientemente, compartió con Télam su cercana experiencia con dos temas: el periodismo y el exilio.

Por Evangelina Bucari y Carolina Keve

María, a solas con Télam

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En 1977 había comenzado su exilió. Primero viajó a Brasil, donde permaneció cuatro meses; luego estuvo en Italia, donde participó del Comité Argentino de Solidaridad; y en 1980 se instaló en México, país en el que integró la Casa Argentina de Solidaridad. Allí empezó a escribir y se convirtió en periodista.

Regresó a la Argentina en febrero de 1984. Trabajó en la revista El Porteño, en los diarios La Voz, Clarín y Página/12, y fue directora de Radio Nacional, entre otros medios. Escribió libros que reflejaron procesos históricos relevantes, entre los que se destacan "La Noche de los Lápices", "El Dictador", "El saqueo de la Argentina" y "El nieto", la trágica y luminosa historia de Ignacio "Guido" Montoya Carlotto", robado por la dictadura y recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo.

Aquí, la entrevista con Télam:

Seoane, en tiempos en que era directora de Radio Nacional. (Foto: Archivo Télam)

-María, ¿en qué momento tomaste la decisión de exiliarte?

-A partir de mayo de 1977. En Argentina la situación de muchos de los que habíamos participado en la lucha política de los años 60 y 70 era insostenible. El año 1977 fue el más cruel de la represión del Estado terrorista que se inauguró en marzo de 1976. Ya no había dónde esconderse, como dice el poema. Yo era dirigente estudiantil y durante todo el tiempo milité en la universidad. Había que tomar la decisión de irse al exilio. Me fui en julio.
 
-¿Qué recordás de esos días? ¿Cómo fue la despedida?

-Mi padre trabajaba en el subte B. Ya no podía ver a familia porque era muy peligroso; habían secuestrado a un primo mío. Había un señor que vendía relojes en la Estación Uruguay, del subte B, que era muy amigo de mi padre. Así que fui y le dije: “Don Vargas, dígale a mi padre que tal día, a las 6 de la tarde, cuando él sale nos encontramos”. Lo vi venir hacia la escalera. Ni siquiera nos saludamos. Ni siquiera nos abrazamos. Solo hablamos. Le dije “me voy”. Y mi viejo me dijo “cuídate” y me dejó plata con Vargas. Subimos las escaleras y cuando llegamos arriba nos separamos como dos desconocidos.

Me fui a Brasil. Recuerdo que ese día lloviznaba y había mucha gente que salía de vacaciones de invierno con sus hijos. No podía soportar la sensación de normalidad. Porque yo sabía que estaba ocurriendo una tragedia. Y la sensación de normalidad era como alucinante. Aparentemente nada estaba pasando, y sin embargo estaba pasando una tragedia. Entonces mi única obsesión fue "alguna vez yo lo voy a contar. Yo voy a contar lo que pasó".
 
-¿Por qué creés que había tanto silencio respecto de lo que sucedía?

-Había silencio. Silencio que implicaba ocultar. Por interés, por miedo. Ahora sabemos que por interés. Por lo menos, el principal grupo de medios. Pero, sí, la sensación era que no se hablaba de lo que estaba pasando, que era un baño de sangre en el país. Creo que sólo después de las guerras civiles del siglo pasado hubo tanto dolor en ese sentido. Por eso el "Nunca Más" es un gran pacto civilizatorio nuestro, que si se rompe no tenemos destino. Me parece que esa es la sensación que tengo. Que a partir de eso es posible reconstruir todo; la economía, la cultura.

Los argentinos tenemos dos pactos civilizatorios esencialmente. Uno es la educación pública del siglo XIX y el otro es el "Nunca Más" del siglo XX. Deberíamos marchar hacia otro pacto: salir del bimonetarismo. Si lográramos ese pacto político, cultural y económico que significa volver a tener nuestra propia moneda, bueno, por ahí podría ser el pacto del siglo XXI. ¿No?
 
-¿Cómo fueron los años de exilio?

-La situación era muy tremenda en Brasil porque había mucha gente de toda América Latina dando vueltas por la playa. La situación era tan difícil que Naciones Unidas tuvo que mandar a Río al suizo Guy Prim para iniciar un refugio. Me fui de Brasil a Italia, y después a Suiza un tiempo. Pero la experiencia decisiva de mi vida fue México. Allí el exilio argentino fue el más numeroso. Hicimos un cómputo con los “argen- mex”, que nos llamamos así orgullosamente, y calculamos que éramos más o menos unos 1200 argentinos. Ahí me hice periodista.
 
-Decís que te “hiciste” periodista. ¿Qué pasó?

-Fue muy divertido porque trabajé en el diario Uno más Uno. Gracias a Oscar González, que era editor de Internacionales, pude conseguir un trabajo en el departamento de Corrección. El 30 de diciembre del 81 entré a trabajar. Tenía francos los miércoles y jueves, y entraba a las 20 y salía a las 4 de la mañana. Así hasta que pude empezar a escribir en el diario. Después, trabajé en la revista Razones. Dirigí toda la actividad cultural de la librería El Parnaso, que estaba en la plaza de Coyoacán. Y ahí descubrí mi veta periodística. El que se dio cuenta primero fue Gregorio Selser. Yo tenía que usar un seudónimo porque hacía periodismo político y era extranjera. Un amigo me puso Laura Avellaneda.
 
-Recordás alguna de las primeras notas en las que empezaste a contar o a analizar lo que pasaba en la Argentina.

-Mi primera nota en Uno más Uno fue una que se llamaba “Separar la aguja del pajar”, sobre la guerra de Malvinas, donde yo decía que una cosa era la reivindicación histórica de los argentinos y otra la patraña de la dictadura militar, que iba a terminar finalmente enmascarando la entrega de las islas a las bases de la OTAN. Y así fue. Debatimos mucho eso, qué postura tomar, en la Casa Argentina de Solidaridad, que en ese momento yo presidía cuando estalló la guerra. Una cosa era la causa Malvinas y otra la causa de la dictadura para perpetuarse en el poder. La guerra era como un acto desesperado de la dictadura.
 
-¿Por qué creés que se empieza a romper el cerco del silencio?

- Hay una foto de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo de un día que llovía muchísimo, con el agua hasta el tobillo. Están frente a la Casa de Gobierno pidiendo por los desaparecidos. Llegaron esas imágenes que fueron tremendas y las primeras noticias de la ronda de las Madres. Era una oscuridad total. Y fueron ellas las que hicieron la luz. Pero desde el año 79, 80, hasta el 82, lo más importante fue la denuncia internacional por los Derechos Humanos en Ginebra. En todos los lugares donde había parte del exilio argentino se armaban comités.
 
-¿Cómo se vivió el retorno de la democracia desde el exilio?

-Fue extraordinario. No sé si se puede transmitir lo que se siente con el final de un exilio. En la Casa Argentina de Solidaridad armamos un comando de campaña. Estábamos todos muy, muy agitados. Era una fiesta. Se armó una movilización con banderas al consulado en el Distrito Federal. Fue muy emocionante. El regreso a la democracia significó reencontrarse con nuestra historia, con los más queridos, con nuestras asignaturas pendientes, nuestras deudas como sociedad, nuestras lecciones. Y sigue siendo el mejor sistema que inventó la humanidad para poder vivir en libertad, sin dudas.
 
-¿Qué significaba regresar después de siete años?

-Volver del exilio estaba asociado para mí a la necesidad de contar lo que había pasado. Me volví en febrero de 1984. Pero la Casa Argentina de Solidaridad en México la cerramos el 10 de diciembre y se la entregamos al presidente (Luis) Echeverría, que nos la había prestado para las actividades de los argentinos en el exilio.

En ese momento se nos ocurrió hacer un documental sobre el exilio que se llamó "Intemperies". Como no teníamos muchos recursos se nos ocurrió registrar el fin del exilio y tomamos como 1500 fotos mientras todo el mundo estaba haciendo las valijas. Lo estrenamos allá y después lo pasamos en el Centro Cultural San Martín. La música final era, por supuesto, “Como la cigarra”. Era muy emocionante y el regreso lo fue también.
 
-¿Qué recordás de ese viaje desde México a Argentina?

-Tuve que viajar con un nene de 8 años, Juan, que era el hijo de unos compañeros. Me pidieron si podía llevarlo con la madre, que había regresado antes. Después de siete años, escuchaba por primera vez hablar a todo el avión "en argentino". Es muy impresionante volver a escuchar la lengua materna. Empecé a escribir una nota que se llamó “Final de exilio”, en donde decía que en realidad no me había sentido extranjera por estar en México, sino por no estar en Argentina. El viaje estuvo todo bien y de repente Juan no quería comer. Entonces, se anuncia que estábamos llegando a Ezeiza y me pasa los auriculares. En los auriculares estaba “La zamba de mi esperanza”, en la voz de la Negra Sosa. Entonces, yo le digo a Juan: “Mercedes Sosa, qué bárbaro, Juancho, llegamos”. Y Juan me mira y me dice: “Sí, María, uno siempre vuelve al país de siempre”.

Ahí entendí por qué estamos en el “culis mundis”. Porque los aviones llegan y no siguen. Después de venir de aeropuertos como el de París, el de Barcelona, que se caen los aviones por los costados porque hay tantos y tantos, ahí se terminaba el mundo y comenzaba mi mundo. Y entonces, cuando bajaba, la sensación que tenía era de victoria. Lo juro. De victoria. Enorme victoria. Y dije, “ahora voy a contar lo que pasó, ahora voy a poder contarlo”. Así que cuando bajé ya sabía que me iba a dedicar al periodismo y a contar lo que había pasado.
 
-¿Dónde empezaste a escribir y cuándo empezaste trabajar?

-Para el primer trabajo que tuve de periodista en Argentina, Horacio Verbitsky fue muy generoso. Me consiguió un lu en una revista que se llamaba Qué. El equipo era desopilante. Éramos Gustavo González, Daniel Capalbo, Jorge Fernández Díaz, Verbitsky y yo. Esa revista salía por suscripción (se ríe), éramos tan jóvenes, han pasado casi 40 años.

Un día voy a La Plata a visitar a la familia de Adelina Alaye, una madre de Plaza de Mayo. Su hija había estado un tiempo en mi casa en México, exiliada, y me invita a ver un documental sobre los desaparecidos y cuando entro escucho en un pasillito angosto “no voy a poder ir porque voy a estar ocupada en la Noche de los Lápices”. Me impresionó el nombre. Era trágico pero bellísimo. Y me quedé muy inquieta. Salgo corriendo la puerta. Y después me enteré que era Elba Falcone, la mamá de María Claudia Falcone.

Recién en mayo del 85, cuando se arma el equipo de la revista El Periodista para cubrir el Juicio a las Juntas Militares, escucho el testimonio de Pablo Díaz. En un intervalo, le digo a Eduardo Luis Duhalde “qué impresionante, esta historia hay que escribirla”, y él me dice: “Voy a hacer una editorial que se llama "Contrapunto", el primer libro va a ser "Ezeiza" de Horacio Verbitsky, y el segundo va a ser "La Noche de los Lápices”. Yo le pregunto quién lo va a escribir. Eduardo me mira y me dice: “vos”. Ahí me di cuenta. Para mí fue una cosa mágica, porque me dije, claro, para esto volví.
 
-A 40 años de democracia ininterrumpida, ¿cuál creés que debe ser el rol del periodismo?

-Los periodistas podemos luchar por una comunicación más democrática, por la concientización de la sociedad donde podamos. Como periodistas, no renunciar nunca a ese pregón de denunciar la mentira como arma de sometimiento, como arma que lesiona la democracia. Si uno ve la construcción de la mentira y encima de la guerra jurídica o lawfare aunados, ese es el peligro de la democracia más serio que tuvimos desde el Estado terrorista. Así que hay que encarar eso. Creo que la militancia de los periodistas, de la defensa de la profesión, requiere que nos comprometamos contra esos dos heraldos negros de la democracia, que son el lawfare y las fake news, o sea, la mentira y la manipulación jurídica para perseguir opositores y silenciarlos.


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