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CULTURA

14 de octubre de 2023

"Verónica Boix argumenta que continuamos perpetuando roles y mandatos como si los deseáramos".

"La estrategia de la rana" es la segunda novela de Boix, sumergiéndose en una historia que, aunque sutil, es universal: una mujer, madre, inmersa en la rutina del hogar, un esposo resolutivo y la aparición de una presencia, el placer.

Por Mercedes Ezquiaga
Foto: Prensa.

En su nueva novela "La estrategia de la rana", la escritora Verónica Boix narra la historia de Lena, una mujer casada y madre de dos niñas, que lleva una vida ordenada, limpia, custodiada, donde la rutina todo lo abarca, pero cuando retoma clases de pintura, su vínculo con el arte le despierta pasiones que parecían estar agazapadas y todo su mundo se desacomoda.

La historia comienza con una escena típicamente familiar: el ajetreo habitual generado por el festejo de un cumpleaños infantil con la familia, una noche en el hogar, con las tías en el sillón, las nenas entusiasmas corriendo por ahí, los sandwichitos de miga, olvidarse de llevar los fósforos para poder cantar: detalles típicos, habituales, de cierta dinámica que empieza a resquebrajarse cuando Helena, la protagonista, retoma sus clases de pintura.

Publicada por Tusquets en su colección Andanzas, la segunda novela de Boix se zambulle en una historia que, por mínima, no deja de ser universal. Una mujer, madre, la rutina hogareña, el marido resolutivo y la irrupción de una presencia, el profesor del taller de arte, que abre una puerta al placer, a la pasión, a algo que ella ya no puede detener y que genera sentimientos que fluctúan, lógicamente, entre el deseo y la culpa. "Hay que ser irrespetuoso con las formas", le dice su profesor a Lena en una de las clases, pero ya es difícil saber si aun le habla del arte.

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"Una noche estaba lavando los platos y estuve a punto de dejar todo para el otro día pero pensé no quiero que lo viejo contamine lo que todavía no empezó. Esa frase siguió dándome vueltas hasta que se encontró con el personaje de Lena, en una fiesta de cumpleaños y supe que ella iba a encarnarla", cuenta a Télam Boix, abogada en Derecho Penal y magíster en Escritura Creativa, al explicar el disparador de su nuevo libro.

En una escena de la obra, la protagonista prende la tele de noche, no puede dormir y engancha un programa donde muestran a una rana a punto de ser cocinada en una cacerola: la temperatura va subiendo y la rana va mutando su color para adaptarse al nuevo ambiente, emplea toda su energía en ello hasta quedar sin fuerzas. Cuando el agua comienza a hervir, el pequeño anfibio ya no tiene fuerzas para escapar. Haberse adaptado al ambiente fue lo que lo llevó a su desenlace fatal. A partir de esta metáfora, Boix deshilvana los pensamientos y acciones de su anti heroína, Lena, en su más flamante obra, "La estrategia de la rana".

"Estamos en una época en la que se habla mucho de violencia, la vemos en las pantallas, en la calle, así y todo siento que sigue siendo difícil captarla en la vida personal, me refiero a las microviolencias de la vida cotidiana que lastiman, pero casi no se ven"

- ¿Cómo definirías la personalidad de la protagonista, Lena, que pareciera querer evitar salirse de cierta rutina, de cumplir ciertos mandatos, pero a quien pintar la absorbe de manera apasionada?
- Es una mujer que se cree frágil, que busca la protección de su mamá, de su marido, se infantiliza, pero de golpe vuelve a encontrarse con el arte y entiende profundamente que ahí hay algo de ella muy verdadero. Claro que no es tan fácil, tiene un espíritu artístico, pero vive su presente un poco atolondrada, torpe, piensa una cosa y hace otra, digo, está hecha de contradicciones.


- Esta suerte de confusión o de no saber bien qué quiere, que atraviesa el personaje de Lena ¿dirías que es un signo de época?
- Más que confusión, yo diría que Lena quiere al mismo tiempo dos cosas que son imposibles juntas. El deseo es un poco así, ¿no? Creo que siempre el deseo es antagónico, quiero tener una vida sana, pero me gusta la comida chatarra, quiero usar un vestido apretado y quiero estar cómoda. Eso que parece una pavada, se proyecta hacia el resto de nuestros deseos. Por otra parte, es cierto que estamos en una época en la que somos más conscientes de los imperativos sociales que nos indican qué hacer, hablamos de mandatos y creemos que tenemos más claridad, que podemos distinguir entre el deseo y las aspiraciones de la sociedad, quizás sea así, solo que hay un punto en el que se habla mucho de eso y en los hechos seguimos actuando reproduciendo roles que conocemos, por ejemplo la búsqueda de una imagen hegemónica, la pareja para toda la vida, como si esos mandatos fueran nuestro deseo. Lena está en ese momento de vacilación, en el que algo dentro de ella se rompe, intuye que lo que creía querer, en el fondo, no le pertenece.

"Una noche estaba lavando los platos y estuve a punto de dejar todo para el otro día pero pensé no quiero que lo viejo contamine lo que todavía no empezó. Esa frase siguió dándome vueltas hasta que se encontró con el personaje de Lena"

- A través de las clases de pintura con Santiago, el taller al que acude Lena, el arte ocupa un lugar destacado en la novela y hay varias referencias al respecto ¿Cómo fueron apareciendo?
- Te confieso que no tuve que hacer mucho porque me apasiona el arte. No investigué porque ya es parte de mi vida, de un modo muy material. Mi hermano Leo es poeta y está casado hace años con el artista visual Pablo Bronstein, viven en Londres, y cada vez que los visito, vivimos el arte como si fuera algo vivo. Paseamos, vamos a muestras, nos reímos de pavadas, visitamos galerías, museos, comemos, nos tiramos en un parque y siempre la pintura, las formas, los artistas y sus vidas están ahí. En primer lugar, claro, es por Pablo y su mirada atravesada por el arte, la arquitectura, el ornamento, pero es más que eso, algo se arma en la conversación entre los tres. Eso me inspiró para crear la mirada de Lena.


- ¿Cómo llegaste al título de la novela, "La estrategia de la rana"?
- Ya había escrito el primer borrador de la novela y encontré, de casualidad, un video en internet que mostraba una rana de colores vibrantes adentro de una olla. Subía la temperatura del agua y esos colores cambiaban, no podía dejar de mirarla, hasta que al final, el agua hirvió y ella no pudo salir porque gastó toda su fuerza en adaptarse. Sentí que esa rana era Lena, la estrategia podría ser una metáfora de su experiencia.


- León, el marido de Lena, es un personaje que por momentos parece dulce pero es más bien controlador y posesivo. ¿Dirías que despliega una violencia sutil, latente?
- Me gusta que se vea esa contradicción. León es un hombre dulce que ama a Lena y quiere darle todo, y al mismo tiempo, es controlador, posesivo. Es un hombre capaz de generosidad y de violencia. Estamos en una época en la que se habla mucho de violencia, la vemos en las pantallas, en la calle, así y todo siento que sigue siendo difícil captarla en la vida personal, me refiero a las microviolencias de la vida cotidiana que lastiman, pero casi no se ven. Todas podemos reconocer un golpe, un insulto, claro, pero es mucho más difícil identificar la violencia que se teje de a poco, con frases desgastantes, actitudes que limitan nuestra forma de vivir, nuestras decisiones. León encarna esa suerte de microviolencia invisible y dolorosa. 


- En la novela aparece otro vínculo importante que es el de Lena con su mamá, quien a su vez tiene un vínculo que no puede, o no se anima a nombrar, con una amiga del sur. ¿Cómo apareció esta incorporación durante la escritura?
- Quería explorar el vínculo madre e hija, mi mamá se murió cuando yo tenía 15 años y me dieron ganas de vivir en la escritura lo que no había podido experimentar en la vida. Así que la mamá de Lena estuvo desde el principio, solo que estaba escribiendo, y de golpe, la mamá se baja del auto, sale corriendo y dobla la esquina, yo no sabía adónde iba y empecé a seguirla, a tratar de adivinar qué le había pasado, y así descubrí lo que ella tenía para contar, o mejor dicho, lo que podía contar porque es una mujer llena de silencios.

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